Hace unos meses el joven atleta sudafricano de 21 años Oscar Pistorius se midió en la Golden League de Roma a los mejores velocistas del mundo. Su objetivo era conseguir la marca mínima que le posibilitase el acceso a los Juegos Olímpicos de Pekín, y se quedó muy cerca de lograrlo. Esta noticia, que en un principio no llamaría la atención, asombra cuando se especifica que Pistorius compite con dos prótesis, una en cada pierna.
La historia del atleta sudafricano es dura. Cuando contaba con apenas año, un accidente obligó a los médicos a amputarle las dos piernas por debajo de la rodilla. Entonces su padre le dijo una frase que le marcaría para el resto de su vida: “un perdedor no es el que llega el último, sino aquel que ni siquiera intenta correr”.
A partir de ese momento, Pistorius maduró a base de continuos golpes. Pero tenía un claro objetivo en su horizonte, que le impulsaba a seguir adelante. El joven quería ser atleta. Se compró unas piernas de fibras de carbono, que le costaron veinte mil euros. Pero todo el dinero del mundo era poco. Ya podía andar. Ya podía correr.
Y después de tanto esfuerzo, horas y horas de entrenamientos y cuando ni siquiera su minusvalía pudo pararle, es la Federación Internacional de Atletismo la que le ha frenado en seco. Y es que no podrá participar en los próximos Juegos Olímpicos porque, según ha concluido un estudio mecánico hecho por una empresa independiente, sus piernas ortopédicas son una ventaja. Parece un chiste, pero de los malos.
No me puedo ni imaginar la cara de Pistorius cuando alguien le dijo que le vetaban porque no tener pierna de rodilla para abajo en ambas extremidades, y en vez de eso, tener dos prótesis, es una ventaja.
Una ventaja del 60%. Lo que dice el estudio es que sus piernas actúan como muelles que le impulsan a cada zancada y además le dan una mayor resistencia, con lo que las piernas también le benefician en los metros finales de las pruebas.
Por supuesto que doy toda la fiabilidad al estudio. Y si no es justo… pues no es justo. Pero tampoco es de justicia los tramposos que utilizan sustancias prohibidas para mejorar su rendimiento. La diferencia es que unos lo hacen conscientemente y el otro obligado. Unos pueden dejar de tomar esas medicinas y competir. A Pistorius si le quitan sus piernas de carbono se queda en silla de ruedas.
De todas formas, Oscar nunca se ha rendido y no lo va a hacer ahora, que está tan cerca de cumplir su sueño. “Lo esencial en la vida no es vencer, sino lucha bien”, decía el Barón de Coubertin, padre de los Juegos Olímpicos modernos. No sé como lo ven, pero no hay mejor ejemplo que el de Pistorius de espíritu olímpico.
28 de enero de 2008
15 de enero de 2008
David Meca
David Meca y sus retos están en entredicho. Escaparse nadando de la cárcel de Alcatraz, meterse en el Lago Ness junto al monstruo, unir la península con Ibiza y, sobre todo, sus 28 títulos de campeón mundial, no son suficientes para aportar credibilidad a sus acciones. Parece que haberse convertido en un show man no le va a salir tan rentable al nadador.
Su último reto, cruzar el estrecho de Gibraltar en tres ocasiones desde Tarifa hasta Ceuta se ha convertido ya en una auténtica pesadilla para él. Si duras fueron las condiciones climatológicas con las que David Meca tuvo que afrontar la aventura, nubes mucho más negras les esperaban a su vuelta a la tierra. El centro de la polémica es el último largo, el que llevaba a David Meca hasta la ciudad de Ceuta. Tras 11 horas de esfuerzo y sufrimiento, el nadador comenzó a sentir calambres por todo su cuerpo, se acercó a la Zodiac para ser atendido, y el barco le golpeó brutalmente en la espalda, con lo que le subieron a bordo para atenderle de las lesiones. Y cuando comprobó que estaba en perfectas condiciones, Meca se tiró de nuevo al mar con la intención de finalizar su reto, y al llegar a tierra, tuvo que ser hospitalizado de urgencia con síntomas claros de hipotermia. Al día siguiente, la Asociación de Cruce del Estrecho, que supervisó en todo momento la hazaña del nadador catalán, informó que solamente podía homologar los dos primeros largos, lo que David Meca acató consciente de que el último largo no había sido legal.
Algunos medios afilaron armas. En El Mundo se afirmaba: “Contradicción y sospecha en el reto de Meca”. Pero el programa “¿Dónde estás corazón?” fue más allá. Invitó a su plató al nadador para vapulearle una y otra vez, acusándole de dopaje e incluso de que una nadadora se lanzaba al agua para remplazarle en las pruebas nocturnas.
Tengo que confesar que no pude ver el programa hasta el final. Quien conoce a David Meca sabe que no es capaz de hacer todas las barbaridades que María Patiño y compañía le atribuyeron. Y deberían documentarse un poco, ya que el catalán demostró su inocencia en el caso de dopaje que le salpicó y lleva tres años sin perder una carrera oficial, tanta a nivel nacional como internacional.
Yo he tenido el placer de conocer a Meca este verano. Y puedo decir que es una persona que desde hace más de 20 años vive por y para el deporte, por y para la natación. Empezó siendo un patito feo, con problemas muy graves en su maltrecha columna vertebral, continuó entrenando más de diez horas diarias y concluyó convirtiéndose en un gran cisne.
Y ahora le quieren cortar las alas. Convertirle en otro de los muchos muñecos rotos prefabricados por la televisión. El único defecto que tiene David Meca es su afán de popularidad, pero visto lo visto, va a resultar que es cierto que el deporte nacional español es la envidia.
Su último reto, cruzar el estrecho de Gibraltar en tres ocasiones desde Tarifa hasta Ceuta se ha convertido ya en una auténtica pesadilla para él. Si duras fueron las condiciones climatológicas con las que David Meca tuvo que afrontar la aventura, nubes mucho más negras les esperaban a su vuelta a la tierra. El centro de la polémica es el último largo, el que llevaba a David Meca hasta la ciudad de Ceuta. Tras 11 horas de esfuerzo y sufrimiento, el nadador comenzó a sentir calambres por todo su cuerpo, se acercó a la Zodiac para ser atendido, y el barco le golpeó brutalmente en la espalda, con lo que le subieron a bordo para atenderle de las lesiones. Y cuando comprobó que estaba en perfectas condiciones, Meca se tiró de nuevo al mar con la intención de finalizar su reto, y al llegar a tierra, tuvo que ser hospitalizado de urgencia con síntomas claros de hipotermia. Al día siguiente, la Asociación de Cruce del Estrecho, que supervisó en todo momento la hazaña del nadador catalán, informó que solamente podía homologar los dos primeros largos, lo que David Meca acató consciente de que el último largo no había sido legal.
Algunos medios afilaron armas. En El Mundo se afirmaba: “Contradicción y sospecha en el reto de Meca”. Pero el programa “¿Dónde estás corazón?” fue más allá. Invitó a su plató al nadador para vapulearle una y otra vez, acusándole de dopaje e incluso de que una nadadora se lanzaba al agua para remplazarle en las pruebas nocturnas.
Tengo que confesar que no pude ver el programa hasta el final. Quien conoce a David Meca sabe que no es capaz de hacer todas las barbaridades que María Patiño y compañía le atribuyeron. Y deberían documentarse un poco, ya que el catalán demostró su inocencia en el caso de dopaje que le salpicó y lleva tres años sin perder una carrera oficial, tanta a nivel nacional como internacional.
Yo he tenido el placer de conocer a Meca este verano. Y puedo decir que es una persona que desde hace más de 20 años vive por y para el deporte, por y para la natación. Empezó siendo un patito feo, con problemas muy graves en su maltrecha columna vertebral, continuó entrenando más de diez horas diarias y concluyó convirtiéndose en un gran cisne.
Y ahora le quieren cortar las alas. Convertirle en otro de los muchos muñecos rotos prefabricados por la televisión. El único defecto que tiene David Meca es su afán de popularidad, pero visto lo visto, va a resultar que es cierto que el deporte nacional español es la envidia.
10 de enero de 2008
Un viaje a través de los sentidos y del Museo del Prado
Visitar los aproximadamente 45.000 metros cuadrados del Museo del Prado en tan sólo 3 horas parece más bien una tarea para superhéroes, capaces de combinar la velocidad ultrasónica con una inteligencia sublime y una memoria prodigiosa. Sin embargo, Eugenio D’Ors nos demuestra que esto es posible y nos propone un apasionante recorrido por las salas de la pinacoteca madrileña a través de las 220 páginas de su libro Tres horas en el Museo del Prado (y realmente la lectura del ejemplar no nos ocupa más que eso, tres horas).
En él, el autor nos invita a despojarnos de todos nuestros prejuicios para así poder observar. Y ciertamente, si embebidos en las palabras, cerramos los ojos y dejamos volar la imaginación, nos creemos en las galerías del museo y rodeados de cuadros. Pero una de las maravillas de esta obra es que va más allá. Es un libro sobre pintura, pero ante todo es un escrito sobre arte. Por eso es capaz de ponerle letra y sonido al cuadro. Es decir, a la vez que paseamos imaginariamente por los pasillos del Prado y admiramos la belleza de Las Meninas, el autor nos susurra suavemente al oído los mejores versos de Shakespeare a la vez que en la megafonía de nuestra fantasía comienzan a sonar las primeras notas de la Tercera Sinfonía de Beethoven.
El eje central de este viaje a través de los sentidos y a través del Museo del Prado será el contraste entre el Clasicismo y el Barroquismo, en tanto estos se refieren respectivamente a la tendencia de las formas que se apoyan y al culto a las formas que vuelan. El primer término tiene que ver con la pintura que se acerca a lo escultórico, en la que triunfa el dibujo; el segundo afecta a aquellas pinturas en las que el dibujo es sacrificado en pos del color, en las que la sensibilidad del artista se dirige al aire y a la luz, donde las figuras se funden y los objetos vibran.
En los dos extremos de esta dialéctica sitúa por un lado a Mantegna como máximo representante del Clasicismo; y por el contrario a Goya y a El Greco como fieles delegados del Barroquismo. Y en el medio de la cara y la cruz de esta moneda encontramos al tranquilo y poderoso Velázquez. Y a su vez, entre el centro y los extremos existen unas escaleras por las que ascender y descender por la escala de la construcción (la que lleva de Velázquez al Barroquismo) y por la escala de la expresividad (la que va desde el centro hasta El Greco).
Para realizar este recorrido de una manera más o menos organizada Eugenio D’Ors nos propone la entrada por la puerta del Paseo del Prado, que nos conduce directamente a nuestra primera estación: la estancia de los clásicos franceses e italianos. En ella Poussin, Claudio Lorena, Watteau, Mantegna, Andrea del Sarto, Rafael y Correggio serán directamente nuestros maestros, los que nos demuestren claramente cómo un cuadro puede ser una escultura o un ejemplo de la más perfecta arquitectura griega. La caza de Meleagro, de Poussin, está compuesto como un friso, una procesión de personajes que recuerda a Las Panateas, mientras que el mismo autor francés, en otro de sus célebres lienzos, El Parnaso, convierte los árboles, que hacen de paisaje, en perfectas columnas que imitan a una gradería. Sin embargo es Mantegna el máximo exponente de este Clasicismo, sobre todo con El tránsito de La Virgen, el cuadro que D’Ors salvaría de una posible quema en la pinacoteca y que compara con una columna dórica en la que todo está estructurado, distribuido y es lógico. Pero, en toda familia hay una oveja negra, y en este caso es Watteau, en cuyas telas los árboles ya no son columnas sino fantasmas.
Sin apenas darnos tiempo para mirar atrás, el tiempo apremia, pasamos sin más dilación a las estancias que nos descubren a El Greco y a Goya. Se disparan los sentidos y comenzamos a elevarnos del suelo. No sabemos cómo pero nuestros pies se despegan del piso firme del museo y parece que volamos. Sólo faltan a nuestro encuentro los querubines, ángeles y arcángeles que acompañan al Cristo del pintor cretense en su Bautismo. De repente la música centra nuestra atención. Volvemos a la tierra. ¿Qué suena? Es un himno a la libertad. Es Goya. Son sus fusilamientos. No sé si son las lágrimas, pero parece que oscurece, y ya se sabe, “el sueño de la razón produce monstruos”. La oscuridad me da miedo. Mejor nos vamos.
No hay problema. De la mano de Velázquez se hace de día y los cristales de su realismo y objetividad reflejan la luz del mediodía. Aquí no hay arquitectura, no volamos, como tampoco suenan los clarines. Aquí nos encontramos frente al dibujo-dibujo, el que “sólo” podemos contemplar y admirar su verdadera belleza. La fragua de Vulcano, desmitificando el mito, los pícaros de Los borrachos, la sobria y fría soledad del Cristo, la majestuosidad de Las meninas… nos observan miles de ojos que a la vez quieren que nosotros les observemos.
Desde la planta centro en la que mora Velázquez tenemos dos escaleras: una desciende hasta el sótano, donde exponen cuadros los primitivos: Angélico, Van Der Weyden, Petrus Christus, Memling, Bosco, Patinir, Brueghel, Berruguete, Morales y Juan de Juanes; la otra nos lleva directamente al ático, donde nos esperan entre otros Zurbarán, Murillo, Ribera, Durero y el descubrimiento de la vida interior, y los venecianos con la explosión del colorismo: Bellini, Tiziano, y Tintoretto. Y ya en la azotea, Rubens dice adiós a nuestro paseo.Resumiendo, son tres horas para recorrer el Prado. Tres horas para leer sin cansancio. Tres horas para disfrutar de todos nuestros sentidos. Tres horas para soñar. Pero al fin y al cabo, tres horas para guardar para siempre y poderlas repetir siempre que uno quiera. Hemos entrado al museo por la mañana y salimos justo a la hora de comer. Mejor, que después de tanta caminata el hambre aprieta. Mañana volvemos.
En él, el autor nos invita a despojarnos de todos nuestros prejuicios para así poder observar. Y ciertamente, si embebidos en las palabras, cerramos los ojos y dejamos volar la imaginación, nos creemos en las galerías del museo y rodeados de cuadros. Pero una de las maravillas de esta obra es que va más allá. Es un libro sobre pintura, pero ante todo es un escrito sobre arte. Por eso es capaz de ponerle letra y sonido al cuadro. Es decir, a la vez que paseamos imaginariamente por los pasillos del Prado y admiramos la belleza de Las Meninas, el autor nos susurra suavemente al oído los mejores versos de Shakespeare a la vez que en la megafonía de nuestra fantasía comienzan a sonar las primeras notas de la Tercera Sinfonía de Beethoven.
El eje central de este viaje a través de los sentidos y a través del Museo del Prado será el contraste entre el Clasicismo y el Barroquismo, en tanto estos se refieren respectivamente a la tendencia de las formas que se apoyan y al culto a las formas que vuelan. El primer término tiene que ver con la pintura que se acerca a lo escultórico, en la que triunfa el dibujo; el segundo afecta a aquellas pinturas en las que el dibujo es sacrificado en pos del color, en las que la sensibilidad del artista se dirige al aire y a la luz, donde las figuras se funden y los objetos vibran.
En los dos extremos de esta dialéctica sitúa por un lado a Mantegna como máximo representante del Clasicismo; y por el contrario a Goya y a El Greco como fieles delegados del Barroquismo. Y en el medio de la cara y la cruz de esta moneda encontramos al tranquilo y poderoso Velázquez. Y a su vez, entre el centro y los extremos existen unas escaleras por las que ascender y descender por la escala de la construcción (la que lleva de Velázquez al Barroquismo) y por la escala de la expresividad (la que va desde el centro hasta El Greco).
Para realizar este recorrido de una manera más o menos organizada Eugenio D’Ors nos propone la entrada por la puerta del Paseo del Prado, que nos conduce directamente a nuestra primera estación: la estancia de los clásicos franceses e italianos. En ella Poussin, Claudio Lorena, Watteau, Mantegna, Andrea del Sarto, Rafael y Correggio serán directamente nuestros maestros, los que nos demuestren claramente cómo un cuadro puede ser una escultura o un ejemplo de la más perfecta arquitectura griega. La caza de Meleagro, de Poussin, está compuesto como un friso, una procesión de personajes que recuerda a Las Panateas, mientras que el mismo autor francés, en otro de sus célebres lienzos, El Parnaso, convierte los árboles, que hacen de paisaje, en perfectas columnas que imitan a una gradería. Sin embargo es Mantegna el máximo exponente de este Clasicismo, sobre todo con El tránsito de La Virgen, el cuadro que D’Ors salvaría de una posible quema en la pinacoteca y que compara con una columna dórica en la que todo está estructurado, distribuido y es lógico. Pero, en toda familia hay una oveja negra, y en este caso es Watteau, en cuyas telas los árboles ya no son columnas sino fantasmas.
Sin apenas darnos tiempo para mirar atrás, el tiempo apremia, pasamos sin más dilación a las estancias que nos descubren a El Greco y a Goya. Se disparan los sentidos y comenzamos a elevarnos del suelo. No sabemos cómo pero nuestros pies se despegan del piso firme del museo y parece que volamos. Sólo faltan a nuestro encuentro los querubines, ángeles y arcángeles que acompañan al Cristo del pintor cretense en su Bautismo. De repente la música centra nuestra atención. Volvemos a la tierra. ¿Qué suena? Es un himno a la libertad. Es Goya. Son sus fusilamientos. No sé si son las lágrimas, pero parece que oscurece, y ya se sabe, “el sueño de la razón produce monstruos”. La oscuridad me da miedo. Mejor nos vamos.
No hay problema. De la mano de Velázquez se hace de día y los cristales de su realismo y objetividad reflejan la luz del mediodía. Aquí no hay arquitectura, no volamos, como tampoco suenan los clarines. Aquí nos encontramos frente al dibujo-dibujo, el que “sólo” podemos contemplar y admirar su verdadera belleza. La fragua de Vulcano, desmitificando el mito, los pícaros de Los borrachos, la sobria y fría soledad del Cristo, la majestuosidad de Las meninas… nos observan miles de ojos que a la vez quieren que nosotros les observemos.
Desde la planta centro en la que mora Velázquez tenemos dos escaleras: una desciende hasta el sótano, donde exponen cuadros los primitivos: Angélico, Van Der Weyden, Petrus Christus, Memling, Bosco, Patinir, Brueghel, Berruguete, Morales y Juan de Juanes; la otra nos lleva directamente al ático, donde nos esperan entre otros Zurbarán, Murillo, Ribera, Durero y el descubrimiento de la vida interior, y los venecianos con la explosión del colorismo: Bellini, Tiziano, y Tintoretto. Y ya en la azotea, Rubens dice adiós a nuestro paseo.Resumiendo, son tres horas para recorrer el Prado. Tres horas para leer sin cansancio. Tres horas para disfrutar de todos nuestros sentidos. Tres horas para soñar. Pero al fin y al cabo, tres horas para guardar para siempre y poderlas repetir siempre que uno quiera. Hemos entrado al museo por la mañana y salimos justo a la hora de comer. Mejor, que después de tanta caminata el hambre aprieta. Mañana volvemos.
5 de enero de 2008
Carpe Diem
Dicen que la vida es corta... que solo se vive una vez... mejor no pensar en ello. Solo tienes que poner tus cinco sentidos a funcionar y... CARPE DIEM! Oye, huele, mira, saborea, toca la vida... pero sobre todo, siéntela...
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