16 de enero de 2009

Luces y sombras

Otra vez por aquí... ya ha pasado mucho tiempo, lo sé, incluso ya estamos en el 2009... año nuevo... ¿vida nueva?
Pues no sé si será verdad. Ojalá. Por si acaso este año he tomado todas las precauciones que estaban en mi mano. Para empezar, lo primero que hice fue renegar de todas las tradiciones/supersticiones del día de fin de año. Si todos los años las sigo todas al pie de la letra, y todos los años son la misma M..., no perdía nada, no?? A ver si cambiando mi modo de empezar el año, cambiaba mi devenir el resto del mismo.
Empecé por lo del color rojo. En mi familia, mi abuela siempre se encargó de que tanto hombres como mujeres tuvieramos alguna prenda de ese color. Como era adicta a los todo 100, todos los años iba a comprar braguitas y calzoncillos rojos que nos regalaba minutos antes de comenzar el nuevo año. Incluso una vez, como medida más radical, compró 20 vasos de color rojo, los que ya quedaron instalados para el resto de los años como vasos especiales que únicamente se utilizan en mi familia esa noche. Así que el pasado día 31 le pedí a mi madre que por favor en mi sitio no pusiera un vaso de esos. Me valía cualquier otro. Se lo tomó como un sacrilegio, y aún más cuando vino a darme mi correspondiente regalito minutos antes de las 12 y vio que se lo regalaba a mi perro. Fase 1, completada!!
La siguiente era incluso más complicada, ya que renegué de las campanadas. Todos los años me atraganto con las puñeteras uvas y encima achacho todos los males que me pasan durante el resto del año a no tener la capacidad de comerme 12, con piel y pepitas incluidas, al ritmo del reloj de la puerta del sol. Así que entré en el 2009 sin ni siquiera intentarlo. Lo suyo me costó. Era casi como un movimiento reflejo. Hubo un momento que hasta incluso me sorprendí a mi misma llevándome a la boca una uva, y ni siquiera me había dado cuenta de que lo estaba haciendo!! Pero me esforcé y... Fase 2, completada!!
Para terminar con mi maléfico plan para acabar con el fin de año, decidí que nada de pasarme dos horas en la peluquería para después vestirme como si fuera a una boda, ponerme los tacones más altos que encontrara en el armario y marcharme a un cotillón para papar frío, gastarme una pasta y acabar con los pies destrozados por los zapatos. Mi plan era quedarme en casa, marcharme a dormir tempranito y despertarme en un año donde el trabajo me fuera bien, la vida amorosa mejor y todo fuera luz y color. Al final... la Fase 3 se torció ligeramente. No salí, pero me quedé en casa jugando al SingStar con mis tías, bebiendo crema de orujo con mis primos y discutiendo sobre el papel de las mujeres en la sociedad actual con mi tío...
Quizás por eso, los resultados no fueron los esperados. El 2009 empezó bien. LLegué a Coruña y encontré sitio donde aparcar justo en frente del portal en una calle como la mía donde aparcar en doble fila es ya una odisea, y entré en el portal y en el buzón me encontré un cheque con mi primer mini sueldo! Todo rodaba! Pero todo mi gozo en mi pozo, porque al día siguiente me puse enferma, y estuve dos semanas a trancas y barrancas. Ahora de nuevo empiezo a remontar. ¿Me esperará un año con luces y sombras?

17 de septiembre de 2008

¿Y ahora qué?

Ya soy licenciada. He terminado la carrera. ¿Y qué se siente? La verdad es que nada. En primer lugar porque ya debería haberla terminado en el mes de mayo si no llega a ser por un profesor que le dio la gana de que probara qué es eso de los exámenes de septiembre en quinto curso, y en segundo lugar, porque lo peor está por delante.
¿Qué se supone que tengo que hacer ahora? ¡Estoy perdida!
Tengo dos opciones básicas:
1. Hacer un máster
2. Buscar trabajo
Y cambio de parecer cada minuto. Si parece que ya estaba decidida por hacer el máster, con papeles y todo rellenados, con búsqueda de becas etc etc, al rato cambio de opinión y me pongo a buscar sitios a los que me enviar mi currículum....
Supongo que tendré que hacer la clásica lista de pros y contras... A mi me apetece trabajar, pero no quiero estar un año en blanco y me da la impresión que muchos trabajos no sobran por ahí para mí... En fin, está complicado el asunto, y me he dado hasta el domingo para tomar una decisión, si tardo más, quizás ya sea demasiado tarde tanto para una opción como para la otra...
Como me dijo ayer un compañero... ¡Enhorabuena! ¡Un licenciado más para la cola del paro!

29 de agosto de 2008

Noche de Tormenta

Es viernes. El reloj marca aproximadamente las 11. La mayoría se preguntará qué hago delante del ordenador en vez de estar apurando en los bares el último fin de semana de agosto. La verdad es que no se entiende que me haya quedado en casa para disfrutar de una noche de tormenta.
Antes de que se desencadenara todo, se podía mascar la tragedia. El ambiente estaba cargado y el cielo pasó por distintas fases que le llevaron desde el color amarillo al naranja pasando por el rojo intenso de la sangre. Me asomé a la ventana y respiré con profundiad. Estaba claro. Mi olfato de sabueso no falla. El asfalto seco, la tierra húmeda y el aire electrificado removían el ozono, que me llegaba directamente e impregnaba mi conciencia.
El calor también era asfixiante. Una gota de sudor recorrió mi frente. Encima, la presión hizo que me empezara a doler la cabeza. Ya podía sentir en mis carnes la proximidad de la tormenta. Y también la olía, así que no tardarían en desencadenarse el resto de los sentidos. A lo lejos se oyó el primer estruendo, que se repitió una y otra vez como la banda sonora de la tormenta en un periodo de tiempo de quince minutos. El momento mágico de la noche se acercaba. Y llegó cuando el cielo estaba completamente negro y en un segundo se tiñó de blanco metalizado, mientras un relámpago dibujaba una perfecta silueta en el firmamento coruñés y las luces de las farolas de la calle parpadeaban incapaces de competir con la luminosidad de la tormenta.
Mientras escribo estas líneas miro de reojo el reflejo de los fuegos artificiales de la tormenta y me doy cuenta de que no me arrepiento de la decisión de haberme quedado en casa. Me siento bien mientras en la calle no se mueve ni un alma y, paradójicamente, no cae ni un sola gota de agua.
Completo esta postal nocturna veraniega viendo en TeleCinco la película Infiel... Algunas escenas también hacen estremecer los sentidos... No existen las equivocaciones, existe lo que se hace y lo que no se hace...

23 de agosto de 2008

Salir del cascarón

Qué ironías tiene la vida. Yo que titulo este blog Cinco Sentidos, que escribí no hace ni medio año que hay que aprovechar el poco tiempo que estemos aquí al máximo, oír, tocar, mirar, oler y saborear la vida, sentirla, vivirla... Esa misma yo, se dedicó a hacer todo lo contrario de lo que sus propias palabras pregonaban... Esa misma yo, se encerró en un cascarón en el que no dejaba entrar a nadie ni a nada... Esa misma yo dejó de oír el viento, de tocar la hierba, de mirar el cielo, de oler el sol, de saborear el mar... Esa misma yo, estuvo muerta por dentro en plena vida...
Pero de repente, y sin razón alguna, el cascarón ha comenzado a quebrarse... como los rayos de luz que se cuelan a primera hora de la mañana por las persianas de mi habitación, entran por todos los lados nuevos sonidos, colores, olores y sabores... Al principio temblaba pero... en estos días he reído, he llorado, y sobre todo... he sentido, he vivido y he soñado... El cascarón se ha roto por completo y estoy muerta de miedo... Pero eso ya es un paso, porque significa sentir de nuevo...

17 de junio de 2008

Pepe Domingo Castaño: "El sábado tras el 11-M casi dejo Carrusel. estaba harto de que la radio fuera política"

"¡Hola, hola! Comienza Carrusel, el de los goles, el de la emoción, el del espectáculo, el de siempre, el clásico, el único, el veterano, el del sonido inconfundible, el de la Cadena Ser!". Con estas palabras se inician las tardes radiofónicas deportivas cada fin de semana desde hace diecinueve años. Detrás de ellas está el incombustible locutor Pepe Domingo Castaño, un ejemplo para las nuevas generaciones de periodistas.
- Los universitarios de Vigo le acaban de nombrar Becario de Honor, ¿por qué?
- Supongo que será porque han visto en mí un ejemplo a imitar. Cuando unos estudiantes eligen a una persona como Becario de Honor es porque es lo que ellos quieren ser de mayores, y también influye que lleve muchos años en la profesión.
- ¿Cómo recuerda sus inicios?
- Totalmente distintos a los de los becarios de hoy en día. A mí un día me entró la vena de hacer radio y tuve que luchar por todos los medios para conseguirlo: tuve que dejar mi trabajo, presentarme a unas pruebas que había en Radio Galicia, en Santiago de Compostela, ganarlas, y a partir de ese momento empezó mi viaje: estás en una estación determinada, pasa el tren, te subes y resulta que el el bueno, que no estabas equivocado.
- ¿También fue muy explotado?
- Sí, pero supongo que eso nos pasa a todos. El primer año en Radio Centro no cobré nada en muchos meses. Estaba allí de meritorio, hacía alguna cuña a la espera de que fallase alguien y cuando eso pasaba era yo el que hacía el programa, hasta que a mediados de ese año falló uno varios días, luego varios meses, y cuando volvió ya me había quedado yo con el programa. Y entonces empecé a cobrar un poquito.
- ¿Qué consejos da a los jóvenes periodistas a la hora de buscar su primer trabajo?
- Es muy difícil dar consejos. Me atrevo más a decir lo que no tienen que hacer. Recuerdo unas pruebas en la Ser que me llamaron para que entrevistase a los aspirantes. Uno de ellos me dijo que le gustaría trabajar donde pudiera librar los fines de semana. Y ese chico no entró nunca en la radio. Si todavía no has trabajado, no preguntes nunca por tu descanso.
- ¿En qué rama del periodismo cree que hay más salidas?
- En el deporte. Se puede decir todo lo que quieras, no como en la política o en la información general, que te la estás jugando en todo momento y un error te puede apartar de la profesión. En el deporte puedes trabajar dignamente y poner a parir al seleccionador nacional y no pasa nada.
- Ha trabajado en radio, televisión y prensa, ¿con cuál se queda?
- Con la radio, aunque me gustaría haber escrito más. Lo que pasa es que mi lenguaje está mediatizado por la radio, incluso en el libro que escribí del Carrusel, hay páginas en las que me doy cuenta de que escribo para la radio. Me hubiera gustado tener otro estilo, quizás menos lírico, para poder escribir otro tipo cosas.
- ¿Qué tiene la radio de especial que engancha?
- No lo sé, la televisión también es bonita, pero en la radio eres más tú. En ella la voz sale desde los micrófonos, va a las antenas y llega a todas las radios de España. En la tele dices “buenos días” y es el cámara el que te está recogiendo, que puede sacarte horrible, que puede fastidiarte la imagen, fallarte la luz, tener un mal día y eso se transparenta en tu cara…
- ¿Qué supone para usted el Carrusel?
- Cumplir otro de los grandes sueños de mi vida. Cuando estaba en mi pueblo, en Padrón, veía “El Gran Musical” y pensaba que algún día haría ese programa, y mira por donde, lo hice durante cinco años. Y después escuché el Carrusel y dije, y pensé lo mismo.
- ¿Se lo pasan tan bien como aparentan?
- ¿Tú crees que se podría transmitir esa alegría si realmente no lo estás pasando bien? Es imposible. Carrusel es una familia y yo ya llevo en ella casi 20 años – este es el decimonoveno – y con Paco [González] llevo desde 1992 y no he discutido ni una sólo vez con él. Sin embargo, con José Ramón [de la Morena] discutí un día y dejé El Larguero.
- ¿Cuál fue su peor día en el Carrusel?
- El sábado después del 11-M. Primero porque creo que Paco [González] no estuvo bien al leer un comunicado que había escrito él sin consultar a ningún componente del equipo. Y después estuvo muy mal que nos cortaran el Carrusel a las nueve para hacer un programa político en una jornada de reflexión. Fue el día que estuve a punto de dejarlo. Llegué a mi casa y dije: “Estoy harto de que la radio sea política”.
- ¿No pensaron en pedir el indulto para “¡Pepe, un purito!”, como con el toro de Osborne?
- Lo propuse, pero no te puedes aferrar a una sola idea. “¡Pepe, un purito!” fue un tremendo hallazgo y nunca creí que después de tantos años de carrera iba a ser conocido no como Pepe Domingo Castaño sino como “Pepe un purito”. En el fondo me alegro de que haya desaparecido porque me hubiese quedado ese sambenito para toda la vida. Hay que saber pasar fases. Al principio me costó, me daba pena que algo tan identificado con el Carrusel tuviese que desaparecer solo porque no se podía anunciar tabaco. Pero después de dos años la gente se ha olvidado y ya lo he superado
- ¿Qué cree que le hace tan diferente y especial frente al resto de locutores?
- Quizás es que mi idea de la radio es muy especial. Si haces la radio sólo con la cabeza y llegas y dices “Hola, buenos días, ¿qué tal?”, eso se queda en el micrófono, no sale por el cable. Si ese “buenos días” lo dices sintiéndolo de verdad y diciéndole de verdad a la gente que te está escuchando, se nota. Si lo que tienes en la cabeza, lo pasas por el corazón, y lo lanzas al público, el éxito está garantizado. La diferencia puede ser que para mí lo importante no es hacer solamente una radio buena, creíble, sino una radio que tenga algo más, que tenga corazón.
- ¿Cuál es el secreto para gustar a tantas generaciones distintas?
- Cuando hacía “El Gran Musical”, tenía mi propio club de fans y el cariño de la juventud. Luego pasa el tiempo y te das cuenta de que eso desaparece y creí que las nuevas generaciones no iban a saber quién soy. Pero cuando empecé en Carrusel conecté enseguida con los jóvenes, fueron ellos quienes entendieron mi forma de concebir la radio. Para mí es un honor ir por la calle y que los que más me saluden sean ellos.
- ¿Qué sueños le quedan por cumplir?
- Te vas a asustar pero me gustaría acabar haciendo un programa de madrugada, a mi aire: “Las horas de Pepe Domingo”. Que me dejaran hacer lo que me diera la gana.
- Teniendo en cuenta que el Carrusel no le rejuvenece, sino que es usted quien rejuvenece al Carrusel, ¿seguirás el año que viene?
- Está decidido que sí, tengo contrato, aunque cada año busco nuevos retos, un motivo para animarme a hacer Carrusel. Un año fue el libro, este año haré otro, de poemas, que es otra gran ilusión mía, y que saldrá en septiembre. Ya tengo la mente ocupada pensando cómo voy a hacerlo. Por lo menos hasta el 2009 seguiré. Me hablan de renovar… pero no sé qué haré.

9 de abril de 2008

Octubre del 2006

Podría ser la fecha de algún cumpleaños. Pero no. Octubre del 2006 era la fecha de caducidad de mi Documento Nacional de Identidad. Y digo era, porque como primer propósito para el año nuevo me decidí a renovarlo, tarea nada fácil por cierto.
Me acerqué a la comisaría de mi ciudad para enterarme de los requisitos. Muy simples: una foto y 6,80 euros. Parecía sencillo. Sólo tenía que volver al día siguiente a las 9 de la mañana para coger número, al estilo pescadería. No importa. Sin complicaciones aparentes.
A la mañana siguiente tenía un plan perfecto. Iría a la comisaría un poco antes por si acaso. Pero cuál fue mi sorpresa cuando a unos cientos de metros de la comisaría avisté una hilera de gente. Los primeros de la cola incluso tenían sillas, mantas, y una mesita en la que jugaban a las cartas. Pregunté para qué era aquélla cola, yo quería renovar el D.N.I., no sacar entradas para el próximo concierto de los Rolling Stones. Confirmado. Era para el D.N.I. La última me hizo un hueco y me sirvió un café caliente que sacó de un gran termo. Esta gente era profesional, y yo una simple aficionada.
Al rato, el termómetro marcaba tres grados bajo cero. Aquella hilera de gente que me había parecido tan divertida, se convertía ahora en una imagen dantesca. Una señora mayor, con muletas, casi tuvo que ser atendida por el 061. Y una madre, que llevaba a su hijo de cinco años, cedió ante los achaques climatológicos y huyó a refugiarse en la cafetería más cercana. Mientras, yo miraba de reojo a una señora vestida de negro, parecía que sería la siguiente en caer.
Y lo hubiese sido, pero justo en ese momento se abrieron las puertas de la comisaría, como si fueran las del mismísimo cielo, y un policía comenzó a repartir amablemente números… 1, 2, 3… 58, 59… (se acerca, ¡ya está a dos personas de mí!)… 59 y 60. Ya no hay más números por hoy. Vuelvan mañana. ¿¿Qué?? Yo era el 61.
Volví para mi casa con la sensación de ser una mujer nueva, de haber vivido una experiencia que me marcaría para el resto de mi vida. Pero en el fondo, estaba indignada. En unos tiempos en los que se puede pedir cita para el médico por Internet, hacer la compra, o incluso bajar y subir las persianas de tu casa con una simple llamada telefónica, renovar el D.N.I. es más tercermundista que incluso hace diez años. Y lo peor es que desata tus instintos más primarios. Si la señora de negro hubiese caído… ¡no tendría que haber vuelto al día siguiente!

14 de marzo de 2008

Los Taxis

Odio el metro. Odio bajar a varios metros de la civilización para hacer desplazamientos suburbanos que sí, son muy rápidos, baratos y sobre todo ecológicos. Pero yo sigo odiándolo.
Siempre que puedo, intento escaquearme, y gracias a eso, he conocido el mejor de los transportes en las ciudades: el taxi. Y lo que ha sido más grato y sorprendente: los taxistas.
El mundo de los taxistas me recuerda en cierta medida a aquél anuncio de Coca-Cola. En este colectivo te puedes topar con la más amplia variedad de ejemplares. Los hay que están siempre cabreados, sea con el tráfico, con el gobierno, o con los propios pasajeros. Los hay charlatanes. Los hay callados. Los hay honrados y los hay aprovechados. Y los hay extremadamente raros.
Obviamente, a mí los que más me gustan son los raros. Un día de estos me decido a sacar un libro. Porque no sé cómo me las apaño, pero cada vez que levanto el brazo para solicitar un taxi, me paran los sujetos más imprevisibles de todo el gremio. Como ejemplo lo que me pasó una noche por las calles de la capital.
Cansada de bailar en una discoteca, salí a la calle con unas amigas con la intención de coger un taxi que nos llevara a casa, algo complicado, porque los taxis a altas horas de la madrugada escasean y hacen su propia selección del personal. Por fin conseguí que uno parara. Nos montamos. Le di la dirección. Nos pregunta que qué tal la noche. Todo parecía normal… hasta que pone música discotequera a todo volumen y nos pide que bailemos. Y lo que era todavía más raro si cabe, encendía y apagaba la luz que tienen los coches en la parte superior intentando imitar así las luces de una discoteca… Surrealista. Aún a día de hoy estoy convencida de que aquello se trataba de una cámara oculta.
Sin embargo, no perdí mi fe en los taxistas. Sobre todo porque de todos es conocido que ellos son los grandes sabios de las ciudades del siglo XXI. Si un taxista no conoce una calle, no existe. Si desconoce una información, es que es un bulo. Por eso aún sigo traumatizada con mi última aventura taxística. Le pedí al conductor que me llevara al hospital de La Paz. Y su respuesta me dejó temblando: “No sé ir hasta allí”. Si algo así les sucede, háganme caso. Tírense en marcha si hace falta, pero bajen de ese taxi.