Es viernes. El reloj marca aproximadamente las 11. La mayoría se preguntará qué hago delante del ordenador en vez de estar apurando en los bares el último fin de semana de agosto. La verdad es que no se entiende que me haya quedado en casa para disfrutar de una noche de tormenta.
Antes de que se desencadenara todo, se podía mascar la tragedia. El ambiente estaba cargado y el cielo pasó por distintas fases que le llevaron desde el color amarillo al naranja pasando por el rojo intenso de la sangre. Me asomé a la ventana y respiré con profundiad. Estaba claro. Mi olfato de sabueso no falla. El asfalto seco, la tierra húmeda y el aire electrificado removían el ozono, que me llegaba directamente e impregnaba mi conciencia.
El calor también era asfixiante. Una gota de sudor recorrió mi frente. Encima, la presión hizo que me empezara a doler la cabeza. Ya podía sentir en mis carnes la proximidad de la tormenta. Y también la olía, así que no tardarían en desencadenarse el resto de los sentidos. A lo lejos se oyó el primer estruendo, que se repitió una y otra vez como la banda sonora de la tormenta en un periodo de tiempo de quince minutos. El momento mágico de la noche se acercaba. Y llegó cuando el cielo estaba completamente negro y en un segundo se tiñó de blanco metalizado, mientras un relámpago dibujaba una perfecta silueta en el firmamento coruñés y las luces de las farolas de la calle parpadeaban incapaces de competir con la luminosidad de la tormenta.
Mientras escribo estas líneas miro de reojo el reflejo de los fuegos artificiales de la tormenta y me doy cuenta de que no me arrepiento de la decisión de haberme quedado en casa. Me siento bien mientras en la calle no se mueve ni un alma y, paradójicamente, no cae ni un sola gota de agua.
Completo esta postal nocturna veraniega viendo en TeleCinco la película Infiel... Algunas escenas también hacen estremecer los sentidos... No existen las equivocaciones, existe lo que se hace y lo que no se hace...
29 de agosto de 2008
23 de agosto de 2008
Salir del cascarón
Qué ironías tiene la vida. Yo que titulo este blog Cinco Sentidos, que escribí no hace ni medio año que hay que aprovechar el poco tiempo que estemos aquí al máximo, oír, tocar, mirar, oler y saborear la vida, sentirla, vivirla... Esa misma yo, se dedicó a hacer todo lo contrario de lo que sus propias palabras pregonaban... Esa misma yo, se encerró en un cascarón en el que no dejaba entrar a nadie ni a nada... Esa misma yo dejó de oír el viento, de tocar la hierba, de mirar el cielo, de oler el sol, de saborear el mar... Esa misma yo, estuvo muerta por dentro en plena vida...
Pero de repente, y sin razón alguna, el cascarón ha comenzado a quebrarse... como los rayos de luz que se cuelan a primera hora de la mañana por las persianas de mi habitación, entran por todos los lados nuevos sonidos, colores, olores y sabores... Al principio temblaba pero... en estos días he reído, he llorado, y sobre todo... he sentido, he vivido y he soñado... El cascarón se ha roto por completo y estoy muerta de miedo... Pero eso ya es un paso, porque significa sentir de nuevo...
Pero de repente, y sin razón alguna, el cascarón ha comenzado a quebrarse... como los rayos de luz que se cuelan a primera hora de la mañana por las persianas de mi habitación, entran por todos los lados nuevos sonidos, colores, olores y sabores... Al principio temblaba pero... en estos días he reído, he llorado, y sobre todo... he sentido, he vivido y he soñado... El cascarón se ha roto por completo y estoy muerta de miedo... Pero eso ya es un paso, porque significa sentir de nuevo...
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