10 de enero de 2008

Un viaje a través de los sentidos y del Museo del Prado

Visitar los aproximadamente 45.000 metros cuadrados del Museo del Prado en tan sólo 3 horas parece más bien una tarea para superhéroes, capaces de combinar la velocidad ultrasónica con una inteligencia sublime y una memoria prodigiosa. Sin embargo, Eugenio D’Ors nos demuestra que esto es posible y nos propone un apasionante recorrido por las salas de la pinacoteca madrileña a través de las 220 páginas de su libro Tres horas en el Museo del Prado (y realmente la lectura del ejemplar no nos ocupa más que eso, tres horas).
En él, el autor nos invita a despojarnos de todos nuestros prejuicios para así poder observar. Y ciertamente, si embebidos en las palabras, cerramos los ojos y dejamos volar la imaginación, nos creemos en las galerías del museo y rodeados de cuadros. Pero una de las maravillas de esta obra es que va más allá. Es un libro sobre pintura, pero ante todo es un escrito sobre arte. Por eso es capaz de ponerle letra y sonido al cuadro. Es decir, a la vez que paseamos imaginariamente por los pasillos del Prado y admiramos la belleza de Las Meninas, el autor nos susurra suavemente al oído los mejores versos de Shakespeare a la vez que en la megafonía de nuestra fantasía comienzan a sonar las primeras notas de la Tercera Sinfonía de Beethoven.
El eje central de este viaje a través de los sentidos y a través del Museo del Prado será el contraste entre el Clasicismo y el Barroquismo, en tanto estos se refieren respectivamente a la tendencia de las formas que se apoyan y al culto a las formas que vuelan. El primer término tiene que ver con la pintura que se acerca a lo escultórico, en la que triunfa el dibujo; el segundo afecta a aquellas pinturas en las que el dibujo es sacrificado en pos del color, en las que la sensibilidad del artista se dirige al aire y a la luz, donde las figuras se funden y los objetos vibran.
En los dos extremos de esta dialéctica sitúa por un lado a Mantegna como máximo representante del Clasicismo; y por el contrario a Goya y a El Greco como fieles delegados del Barroquismo. Y en el medio de la cara y la cruz de esta moneda encontramos al tranquilo y poderoso Velázquez. Y a su vez, entre el centro y los extremos existen unas escaleras por las que ascender y descender por la escala de la construcción (la que lleva de Velázquez al Barroquismo) y por la escala de la expresividad (la que va desde el centro hasta El Greco).
Para realizar este recorrido de una manera más o menos organizada Eugenio D’Ors nos propone la entrada por la puerta del Paseo del Prado, que nos conduce directamente a nuestra primera estación: la estancia de los clásicos franceses e italianos. En ella Poussin, Claudio Lorena, Watteau, Mantegna, Andrea del Sarto, Rafael y Correggio serán directamente nuestros maestros, los que nos demuestren claramente cómo un cuadro puede ser una escultura o un ejemplo de la más perfecta arquitectura griega. La caza de Meleagro, de Poussin, está compuesto como un friso, una procesión de personajes que recuerda a Las Panateas, mientras que el mismo autor francés, en otro de sus célebres lienzos, El Parnaso, convierte los árboles, que hacen de paisaje, en perfectas columnas que imitan a una gradería. Sin embargo es Mantegna el máximo exponente de este Clasicismo, sobre todo con El tránsito de La Virgen, el cuadro que D’Ors salvaría de una posible quema en la pinacoteca y que compara con una columna dórica en la que todo está estructurado, distribuido y es lógico. Pero, en toda familia hay una oveja negra, y en este caso es Watteau, en cuyas telas los árboles ya no son columnas sino fantasmas.
Sin apenas darnos tiempo para mirar atrás, el tiempo apremia, pasamos sin más dilación a las estancias que nos descubren a El Greco y a Goya. Se disparan los sentidos y comenzamos a elevarnos del suelo. No sabemos cómo pero nuestros pies se despegan del piso firme del museo y parece que volamos. Sólo faltan a nuestro encuentro los querubines, ángeles y arcángeles que acompañan al Cristo del pintor cretense en su Bautismo. De repente la música centra nuestra atención. Volvemos a la tierra. ¿Qué suena? Es un himno a la libertad. Es Goya. Son sus fusilamientos. No sé si son las lágrimas, pero parece que oscurece, y ya se sabe, “el sueño de la razón produce monstruos”. La oscuridad me da miedo. Mejor nos vamos.
No hay problema. De la mano de Velázquez se hace de día y los cristales de su realismo y objetividad reflejan la luz del mediodía. Aquí no hay arquitectura, no volamos, como tampoco suenan los clarines. Aquí nos encontramos frente al dibujo-dibujo, el que “sólo” podemos contemplar y admirar su verdadera belleza. La fragua de Vulcano, desmitificando el mito, los pícaros de Los borrachos, la sobria y fría soledad del Cristo, la majestuosidad de Las meninas… nos observan miles de ojos que a la vez quieren que nosotros les observemos.
Desde la planta centro en la que mora Velázquez tenemos dos escaleras: una desciende hasta el sótano, donde exponen cuadros los primitivos: Angélico, Van Der Weyden, Petrus Christus, Memling, Bosco, Patinir, Brueghel, Berruguete, Morales y Juan de Juanes; la otra nos lleva directamente al ático, donde nos esperan entre otros Zurbarán, Murillo, Ribera, Durero y el descubrimiento de la vida interior, y los venecianos con la explosión del colorismo: Bellini, Tiziano, y Tintoretto. Y ya en la azotea, Rubens dice adiós a nuestro paseo.Resumiendo, son tres horas para recorrer el Prado. Tres horas para leer sin cansancio. Tres horas para disfrutar de todos nuestros sentidos. Tres horas para soñar. Pero al fin y al cabo, tres horas para guardar para siempre y poderlas repetir siempre que uno quiera. Hemos entrado al museo por la mañana y salimos justo a la hora de comer. Mejor, que después de tanta caminata el hambre aprieta. Mañana volvemos.

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