14 de marzo de 2008

Los Taxis

Odio el metro. Odio bajar a varios metros de la civilización para hacer desplazamientos suburbanos que sí, son muy rápidos, baratos y sobre todo ecológicos. Pero yo sigo odiándolo.
Siempre que puedo, intento escaquearme, y gracias a eso, he conocido el mejor de los transportes en las ciudades: el taxi. Y lo que ha sido más grato y sorprendente: los taxistas.
El mundo de los taxistas me recuerda en cierta medida a aquél anuncio de Coca-Cola. En este colectivo te puedes topar con la más amplia variedad de ejemplares. Los hay que están siempre cabreados, sea con el tráfico, con el gobierno, o con los propios pasajeros. Los hay charlatanes. Los hay callados. Los hay honrados y los hay aprovechados. Y los hay extremadamente raros.
Obviamente, a mí los que más me gustan son los raros. Un día de estos me decido a sacar un libro. Porque no sé cómo me las apaño, pero cada vez que levanto el brazo para solicitar un taxi, me paran los sujetos más imprevisibles de todo el gremio. Como ejemplo lo que me pasó una noche por las calles de la capital.
Cansada de bailar en una discoteca, salí a la calle con unas amigas con la intención de coger un taxi que nos llevara a casa, algo complicado, porque los taxis a altas horas de la madrugada escasean y hacen su propia selección del personal. Por fin conseguí que uno parara. Nos montamos. Le di la dirección. Nos pregunta que qué tal la noche. Todo parecía normal… hasta que pone música discotequera a todo volumen y nos pide que bailemos. Y lo que era todavía más raro si cabe, encendía y apagaba la luz que tienen los coches en la parte superior intentando imitar así las luces de una discoteca… Surrealista. Aún a día de hoy estoy convencida de que aquello se trataba de una cámara oculta.
Sin embargo, no perdí mi fe en los taxistas. Sobre todo porque de todos es conocido que ellos son los grandes sabios de las ciudades del siglo XXI. Si un taxista no conoce una calle, no existe. Si desconoce una información, es que es un bulo. Por eso aún sigo traumatizada con mi última aventura taxística. Le pedí al conductor que me llevara al hospital de La Paz. Y su respuesta me dejó temblando: “No sé ir hasta allí”. Si algo así les sucede, háganme caso. Tírense en marcha si hace falta, pero bajen de ese taxi.