Podría ser la fecha de algún cumpleaños. Pero no. Octubre del 2006 era la fecha de caducidad de mi Documento Nacional de Identidad. Y digo era, porque como primer propósito para el año nuevo me decidí a renovarlo, tarea nada fácil por cierto.
Me acerqué a la comisaría de mi ciudad para enterarme de los requisitos. Muy simples: una foto y 6,80 euros. Parecía sencillo. Sólo tenía que volver al día siguiente a las 9 de la mañana para coger número, al estilo pescadería. No importa. Sin complicaciones aparentes.
A la mañana siguiente tenía un plan perfecto. Iría a la comisaría un poco antes por si acaso. Pero cuál fue mi sorpresa cuando a unos cientos de metros de la comisaría avisté una hilera de gente. Los primeros de la cola incluso tenían sillas, mantas, y una mesita en la que jugaban a las cartas. Pregunté para qué era aquélla cola, yo quería renovar el D.N.I., no sacar entradas para el próximo concierto de los Rolling Stones. Confirmado. Era para el D.N.I. La última me hizo un hueco y me sirvió un café caliente que sacó de un gran termo. Esta gente era profesional, y yo una simple aficionada.
Al rato, el termómetro marcaba tres grados bajo cero. Aquella hilera de gente que me había parecido tan divertida, se convertía ahora en una imagen dantesca. Una señora mayor, con muletas, casi tuvo que ser atendida por el 061. Y una madre, que llevaba a su hijo de cinco años, cedió ante los achaques climatológicos y huyó a refugiarse en la cafetería más cercana. Mientras, yo miraba de reojo a una señora vestida de negro, parecía que sería la siguiente en caer.
Y lo hubiese sido, pero justo en ese momento se abrieron las puertas de la comisaría, como si fueran las del mismísimo cielo, y un policía comenzó a repartir amablemente números… 1, 2, 3… 58, 59… (se acerca, ¡ya está a dos personas de mí!)… 59 y 60. Ya no hay más números por hoy. Vuelvan mañana. ¿¿Qué?? Yo era el 61.
Volví para mi casa con la sensación de ser una mujer nueva, de haber vivido una experiencia que me marcaría para el resto de mi vida. Pero en el fondo, estaba indignada. En unos tiempos en los que se puede pedir cita para el médico por Internet, hacer la compra, o incluso bajar y subir las persianas de tu casa con una simple llamada telefónica, renovar el D.N.I. es más tercermundista que incluso hace diez años. Y lo peor es que desata tus instintos más primarios. Si la señora de negro hubiese caído… ¡no tendría que haber vuelto al día siguiente!
9 de abril de 2008
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